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El Sentimiento Revelado(r)
de Lionel Arteaga Aquello que el ojo capta en un momento de la existencia más nunca volverá a repetirse. Por eso la fotografía perpetúa la imagen de lo irrepetible en la cotidianidad de la vida. Ciertas imágenes pueden quedar grabadas en la retina, sin embargo son instantes que gradualmente se van borrando hasta desaparecer. Todo objeto que se observa forma en nuestra retina dos imágenes que son parciales porque, aunque forman parte de una misma realidad, no son jamás totalmente iguales entre sí. De la relación que de la mirada puedan tener, tanto el ojo derecho como el izquierdo, deviene la ilusión óptica sobre una totalidad plástica. También la mirada siempre posee una dimensión diferente en la contemplación del objeto. Por ello la mirada de la melancolía tiende a ver desde una posición oblicua del ojo. Las vivencias que adquiere el hombre en una cultura van a determinar las experiencias visuales sobre los objetos. En esto las visiones ópticas de algunas culturas indígenas, por su vinculación directa con lo selvático, determinan una visión circular mientras que en nuestra cultura, de paisaje abierto y con tendencia a la sobre naturaleza, la visión del hombre tiende a la linealidad: a la decodificación del paisaje a partir del desmontaje de las líneas. De esta comprensión sobre la realidad parte la perspectiva, que en el siglo XV fue introduciendo cambios en la pintura. El ojo fotográfico registra aquellas imágenes que son imposibles de captar con la mirada. Es que aquél ve la realidad del paisaje interior del objeto, su verdad y su mundo. Lo interioriza desde su experiencia visual. Por eso la realidad visual en las fotografías de Lionel Arteaga revelan la verdad de un objeto que en su utilidad demuestra su eficacia y adquiere la confianza en quienes lo usan. Toda experiencia siderúrgica mantiene tres elementos que son inherentes a su actividad: ruido, calor y humo. De esa tríada de elementos se genera el objeto último con el que se realizan posteriores transformaciones hasta obtener la infinita variedad en sus formas aceradas. Sin embargo, la visión fotográfica de Arteaga se sitúa en el mundo interior de la fábrica. Es desde este mundo catedralicio donde su ojo fotográfico logra los ángulos sobre la materia inicial: las líneas estructuradas que dan forma para alcanzar la funcionalidad en el trabajo de lo útil, donde el ser de la obra fotográfica permanece contenido en la función que poseen los objetos. Apenas se muestra en las formas.
Las fotografías que Arteaga presenta son un desmontaje de líneas sobre las líneas de producción del acero. Su engranaje en el discurso fotográfico está determinado por el silencio que al momento del encuadre obtiene. Ve desde dentro de las líneas las formas asimétricas que componen las estructuras. De ello deviene la sensación de la fuerza en algunas fotografías donde las líneas aceradas se transforman en vigas para ofrecer al ojo fotográfico los ángulos que entresacan las imágenes. Este paisaje que nos ofrece Lionel Arteaga es una disección de un cuerpo donde la piel está acerada. La ofrece a pedazos, fragmentada. Desde los quiebres donde la fragilidad de lo funcional queda abierto a unas formas que llevan a la desmesura. Tal es la imperceptible presencia de lo humano que tiende a fundirse con las aceradas formas. En este paisaje siderúrgico el hombre no es sujeto, es elemento de segundo orden. La activa presencia de la forma asume su protagonismo en la linealidad espacial que atrapa al volumen. Estas formas lineales son las que escapan, van más allá de la mirada hasta realizarse en la visión óptica que establece la ilusión para que nosotros construyamos, continuemos el ciclo de la cámara oscura en nuestro paisaje interior. El discurso fotográfico que nos muestra Arteaga es una proyección del paisaje interior que el artista se ha estado construyendo paulatinamente. En él está inserto su ser. Por eso en la contemplación de sus fotografías se descubre un destino oculto que se sitúa entre la constancia a un tema recurrente que se hace cada vez más inseparable de su ojo fotográfico y el devenir de una sola imagen que habla del paisaje interior marcado por la verdad que se encuentra al contemplar sus fotografías. Ellas entonces nos observan mientras las contemplamos. Al hablar de estas realidades fotográficas diremos también que la unidad que muestran viene ofrecida por la suma de lo útil con la forma que encuentran para ser abordadas desde un ángulo único. De allí la visión fotográfica sobre el encuadre que ha logrado sólo una vez: ese instante que no volverá a repetirse. Por eso las fotografías de Arteaga establecen un discurso estético que se hace verdadero en la medida que sus imágenes vienen a establecer mundos nuevos sobre un paisaje siderúrgico que diariamente es sometido a la mirada anónima. Diríamos acaso que el artista, una vez lograda su realización estética, es despojado de toda atadura con la obra fotográfica, se hace ajeno a su vinculación primera. Ellas se asumen solas ante el mundo, frente a la mirada del Otro que posiblemente se adhiera a ellas y termine siendo absorbido en el encuadre, entre los resquicios de las estructuras y sea una fugacidad que desaparece entre el humo y se vuelva un destello en la luminosidad de las láminas aceradas. Habría que indicar además que el destino de estas realidades fotográficas de Arteaga indagan sobre el mismo sentido de la obra de arte como utilitarias, destinadas a funcionar dentro de un arte que se hace tal en la medida que se despoja de toda atadura histórica y asume sola su destino. Pero entonces, ¿qué nos hace afirmar que en estas fotografías se encuentre un destino artístico o en todo caso, puedan ser arte? En la respuesta tendríamos que solidarizarnos con Heidegger cuando afirma: La creación de la obra requiere la acción manual. Los grandes artistas aprecian en extremo la capacidad manual, para cuyo pleno dominio exigen un cultivo esmerado. Indicaríamos sobre lo anterior que en Arteaga el cuido en el trabajo artesanal de sus imágenes muestra una técnica que atiende la granulación que se disipa para revelar formas encuadradas en las exactas medidas de su ojo fotográfico. Además, Arteaga logra recuperar de ese mundo industrial lo que de arte primigenio posee. No olvidemos que el trabajo siderúrgico es el resultado de antiguos ritos alquímicos. Esto que ahora tenemos ante nosotros son los restos de misteriosos procesos donde la incandescencia en las llamaradas derretía en el crisol las impurezas de los minerales para que luego deviniera en el noble metal. Por eso el acero se acrisola para despojarlo de toda materia ajena a su naturaleza.
Por primera vez desde que conocemos la experiencia de este artista (1984) asistimos a una exposición mixta. Acostumbrados como estábamos a saber desde el contraste entre blanco y negro (contenido de luz versus su ausencia). Ahora encontramos el color como luz que se muestra entre dos extremos. Mientras en el blanco y negro el juego de grises alcanzaba la hechura sobre las imágenes, presentándolas en su fuerza interior, el color que adquieren algunas de ellas resaltan la corrección del objeto, como la pintura al dibujo. Sin embargo no deja de ser una propuesta válida que aborda la fotografía desde una posición de constante indagación sobre la imagen invertida de la ilusión óptica. Juan Guerrero . |
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